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The past is never dead. It's not even past

Not Even Past

La Historia del Tiempo Presente en México: un campo en construcción

By Josué Portillo Motte

Portada de la Historia del Tiempo Presente por Josué Portillo Motte

This article has an english version

La Historia del Tiempo Presente[1] en nuestro país se perfila como un campo historiográfico en formación, aún abierto y en proceso de definición, el cual constituye un espacio de reflexión indispensable para comprender las fracturas, continuidades y violencias que atraviesan la realidad nacional. A diferencia de la historiografía tradicional, centrada en el pasado clausurado y en el documento oficial como fuente privilegiada, la HTP se ocupa de lo inacabado: de procesos sociales cuya historicidad está aún abierta porque sus actores, víctimas y testigos permanecen vivos. Desde esta perspectiva, se cuestiona la división lineal del tiempo histórico (pasado-presente-futuro) para privilegiar la coetaneidad, la experiencia generacional y la convivencia simultánea de múltiples temporalidades.

            La relevancia del estudio de la HTP en México trasciende las fronteras geográficas, consolidándose como una necesidad para investigadores, locales y extranjeros por igual. La experiencia de México ilustra que la HTP es mucho más que una crónica del pasado inmediato; es una herramienta analítica que otorga densidad histórica a los desafíos contemporáneos más apremiantes. Problemas estructurales como el narcotráfico, los feminicidios, las desapariciones o las violencias de Estado suelen ser analizados casi exclusivamente a través de la inmediatez del periodismo o la visión sincrónica de la sociología. Si bien estas disciplinas son valiosas, sus propias naturalezas epistémicas priorizan el aquí y ahor a, lo que a menudo invisibiliza las raíces profundas, las continuidades y los procesos de larga duración que han dado forma a estos conflictos.

Las interpretaciones dadas por el periodismo y las ciencias sociales resultan relevantes, señala Carmen Collado, pero “hace falta en este panorama una visión que contenga la densidad que aporta el conocimiento diacrónico y sincrónico que puede ofrecer la historia”.[2] Al integrar una perspectiva historiográfica, es posible trascender la coyuntura y comprender estos fenómenos no como eventos aislados, sino como resultados de procesos complejos que requieren una visión histórica para ser explicados.

Panorama de la Alameda Central de la Ciudad de México

Alameda Central 20th century. Ciudad de México. Fuente: Wikimedia Commons

No obstante, para comprender el caso mexicano resulta imprescindible situarlo en contraste con otros desarrollos regionales y globales. En Europa, la HTP se institucionalizó a partir de la década de 1970, con hitos como la creación del Institut d’Histoire du Temps Présent en Francia (1978), impulsada por la necesidad de procesar los traumas de la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y el régimen de Vichy. En este contexto, la HTP emergió vinculada a la experiencia de la “última catástrofe”: un acontecimiento deflagrador que fracturó el orden histórico previo y redefinió la conciencia colectiva.

En el Cono Sur, particularmente Argentina, Chile y Uruguay, el campo, frecuentemente denominado Historia Reciente, surgió de la urgencia política y moral de denunciar, documentar y comprender los crímenes de las dictaduras cívico-militares. Se trata de una historiografía hija del dolor[3], estrechamente ligada a la militancia, a las luchas por la verdad y la justicia, y a la visibilización de prácticas sistemáticas de violencia estatal como la desaparición forzada, la tortura y el terrorismo de Estado.

Junta militar y Augusto Pinochet Ugarte, en el edificio Diego Portales, para una nueva celebración de la Constitución. En primera fila, de izquierda a derecha: César Mendoza, José Toribio Merino, Augusto Pinochet, Fernando Matthei, y Humberto Gordon.

Junta Militar de Pinochet. Fuente: Wikimedia Commons

Así, el desarrollo de la HTP en México presenta rasgos distintivos. A diferencia de los casos europeos y sudamericanos, no se articula en torno a una ruptura abrupta, sino a una violencia persistente inscrita en un sistema autoritario de larga duración. Las investigaciones coinciden en identificar al menos dos momentos clave en su configuración:

  1. El movimiento estudiantil de 1968. Considerado el punto de inflexión nodal, el 68 no solo reveló el agotamiento del relato oficial de la Revolución Mexicana, sino que generó a sus propios historiadores. La masacre de Tlatelolco evidenció la capacidad represiva del Estado y abrió una grieta irreversible en la legitimidad del régimen, impulsando nuevas preguntas sobre el poder, la memoria y la violencia.
  2. La transición política del año 2000. La derrota electoral del PRI tras más de siete décadas en el poder obligó al Estado mexicano a confrontar, al menos parcialmente, su pasado represivo. La creación de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP) y la apertura limitada de los denominados archivos de la represión en 2002 legitimaron al presente como un campo de intervención historiográfica.

No obstante, en México la violencia no se percibe como una anomalía circunscrita a un periodo cerrado, sino como una constante que enlaza la Guerra sucia, la cual se periodizó entre 1965 y 1990, con tragedias contemporáneas como Ayotzinapa, los feminicidios y la violencia asociada al narcotráfico. El presente aparece así como un “tiempo suspendido”, en palabras de Camilo Vicente Ovalle,  o inconcluso, donde la persistencia del mal radical y la impunidad impiden la clausura simbólica del pasado.

Fotografía de soldados montando guardia en la plaza de Tlatelolco durante el movimiento estudiantil de 1968

Movimiento estudiantil 68. Fuente: Wikimedia Commons

De esta manera, uno de los principales obstáculos para la HTP en México es la opacidad institucional. Si bien en 2002 se transfirieron fondos de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) al Archivo General de la Nación (AGN), una parte sustantiva de la documentación permanece bajo control discrecional de los aparatos de inteligencia del Estado. A ello se suma un retroceso legal significativo: la Ley Federal de Archivos de 2012 introdujo la figura del “documento histórico-confidencial”, que permite restringir el acceso a información relativa a violaciones de derechos humanos bajo el argumento de proteger la intimidad de las personas, incluso cuando se trata de perpetradores. Para numerosos investigadores, esta categoría jurídica opera como un mecanismo de administración archivística de la impunidad, encubriendo los secretos del poder, bajo un lenguaje formal de transparencia y protección de datos.

Sin embargo, esta perspectiva historiográfica ofrece diversas salidas. Ante las restricciones de los archivos oficiales, el historiador del presente se enfrenta a la hiperabundancia de fuentes alternativas: prensa, televisión, plataformas digitales y redes sociales. La expansión de dispositivos como celulares, tabletas, además del internet ha transformado radicalmente los regímenes de producción de información, permitiendo que los ciudadanos se conviertan en productores de fuentes al registrar abusos policiales, actos de violencia o escenas de la vida cotidiana. Sin embargo, esta riqueza documental plantea desafíos técnicos de verificación, conservación y análisis, agravados por la volatilidad de lo digital y la ausencia de políticas sólidas de preservación audiovisual.

En este escenario, la historia oral ocupa un lugar central como herramienta para rescatar memorias subalternas y otorgar voz a quienes han sido históricamente silenciados. No obstante, trabajar con un personas coetáneas a nosotros implica dilemas éticos profundos: desde la entrevista a perpetradores, con el riesgo de banalizar o normalizar la violencia, hasta la responsabilidad de confrontar el testimonio con el rigor crítico del método histórico. En México, el historiador del presente asume con frecuencia el rol de testigo experto, interviniendo en los usos públicos de la historia y contribuyendo a la construcción de una conciencia crítica en una sociedad que, como advirtió Javier Sicilia, ha sido deshabitada por la violencia extrema.[4]

Javier Sicilia pronunciando su discurso tras la marcha por la paz desde Cuernavaca a Ciudad de México el 8 de mayo de 2011.

Javier Sicilia. Fuente: Wikimedia Commons

Investigar el presente en México no constituye únicamente un ejercicio académico, sino un compromiso ético y político. La HTP responde a una demanda social por dotar de inteligibilidad histórica a fenómenos dolorosos que la historia oficial ha tendido a silenciar, fragmentar o despolitizar. Desde espacios como el Instituto Mora o la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), diversos investigadores han impulsado seminarios y proyectos orientados a pensar estas historias de los vivos, reconociendo al presente como un laboratorio para nuevas formas de escritura histórica, más sensibles a la complejidad, la incertidumbre y la densidad de la experiencia humana.[5]

Como campo en construcción, la HTP en México posee un enorme potencial para complejizar los problemas más urgentes del país. A pesar de los obstáculos legales, archivísticos y emocionales que implica trabajar con la persistencia de la violencia, este enfoque abre la posibilidad de explorar “archivos vírgenes” y de narrar la historia mientras está ocurriendo. En última instancia, como coinciden numerosos especialistas, se trata de una historia viva que busca impedir que la mecánica del olvido se imponga sobre la experiencia de las generaciones actuales.

En nuestro contexto, este ejercicio historiográfico no puede limitarse a una observación distante ni a una mera actualización cronológica de la historiografía. Investigar el presente implica disputar activamente los sentidos del pasado en un país donde la violencia, la impunidad y el silencio institucional no son residuos de una etapa superada, sino dispositivos vigentes. Frente a un Estado que administra el olvido mediante el control de los archivos, la fragmentación de la memoria y la normalización de la violencia, la HTP se constituye como una práctica de resistencia intelectual.

Episodios recientes, como los estallidos de violencia en Culiacán o Guadalajara a raíz de la captura de figuras clave del Cartel de Sinaloa o El Cartel Jalisco Nueva Generación, no deben leerse como eventos aislados, sino como síntomas de una crisis de seguridad más profunda. A esto se suma el alarmante recrudecimiento de la violencia de género, cuya persistencia se hace patente en casos como el de Kimberly Ramos, estudiante de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, o el reciente feminicidio de Edith Guadalupe en Mixcoac, Ciudad de México. Esta realidad, caracterizada también por un incremento sostenido en las cifras de personas desaparecidas, revela una preocupante negligencia por parte de las autoridades, quienes a menudo priorizan la gestión de la imagen pública, incluso en contextos de proyección internacional como el próximo mundial de fútbol, por encima de la protección de la vida y la justicia. El estudio de estas realidades sienta las bases para desarrollar una tercera línea de investigación sobre la HTP en México.

Los aficionados mexicanos ondean la bandera nacional y celebran a los pies del Ángel de la Independencia.

World Cup 2026-Celebración en el Ángel de la Independencia. Fuente: Wikimedia Commons

Ante este panorama, resulta imperativo desplazar la mirada más allá de la crónica inmediata. A diferencia de otras ramas como la sociología, la antropología y el periodismo, resulta necesario revisar y analizar el pasado reciente con el fin de desentrañar las estructuras, lógicas y dispositivos de poder que han permitido la permanencia y avanzada de estas problemáticas. La HTP, lejos de ser un ejercicio retrospectivo, se erige como una herramienta analítica indispensable para comprender las continuidades, rupturas y transformaciones que han dado forma a nuestra coyuntura actual. Solo a través de este ejercicio crítico e historiográfico, que evidencie cómo se han tejido las complicidades y cómo han operado las instituciones en las últimas décadas, será posible dotar de sentido a lo que vivimos y, en última instancia, ofrecer bases sólidas para transformar el horizonte político y social de México.

Así, asumir el presente como objeto histórico significa rechazar la comodidad de los cierres narrativos y confrontar la persistencia de un pasado que se niega a pasar. En este sentido, el historiador del presente no produce conocimiento desde la neutralidad: interviene en la batalla por las vidas que no quieren desaparecer, por las violencias que el poder busca borrar y por las responsabilidades históricas que el presente debe reclamar. En un país atravesado por la repetición y normalización de la violencia, la escritura de la historia se vuelve una forma de insubordinación frente a la impunidad: un acto que busca impedir que el terror se naturalice y que la experiencia de las generaciones sea absorbida por la lógica del olvido


[1] HTP de ahora en adelante

[2] Collado Herrera, María del Carmen, “Historia del tiempo presente: algunas reflexiones metodológicas” en Presente y Pasado. Revista de Historia, Universidad de Los Andes, Mérida, 2021, p. 18.

[3] De acuerdo con Eugenia Allier, esta es una sentencia de las investigadoras Marina Franco y Florencia Levín en relación con este campo historiográfico en Argentina. Allier Montaño, Eugenia, “El tiempo presente en la historia: generaciones, memoria y controversia” en Allier Montaño, Eugenia, César Iván Vilchis Ortega y Camilo Vicente Ovalle (coords.), En la cresta de la ola. Debates y definiciones en torno a la historia del tiempo presente, México, Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM, Bonilla Artigas, 2020, p. 59.

[4] Gamiño Muñoz, Rodolfo, “La historia vivida y el estudio de la violencia en México: conflictos historiográficos y dilemas metodológicos” en Allier Montaño, Eugenia, César Iván Vilchis Ortega y Camilo Vicente Ovalle (coords.), En la cresta de la ola. Debates y definiciones en torno a la historia del tiempo presente, México, Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM, Bonilla Artigas, 2020, p. 418.

[5] Para mayor información véase “Introducción” en Collado H, María del Carmen (coord.), Nueve ensayos sobre historia del tiempo presente, México, Instituto Mora, 2021, pp. 7-26.


Josué Portillo Motte es licenciado en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, tiene un máster en Historia por la Universidad Autónoma Metropolitana y, en la actualidad, es estudiante de doctorado en Historia Moderna y Contemporánea en el Instituto de Investigaciones «Dr. José María Luis Mora». Su investigación se centra en los movimientos estudiantiles, las fuerzas de policía política y los servicios de inteligencia mexicanos durante la segunda mitad del siglo XX.

Autor de la imagen de la portada: Santarrana Wikimedia Commons

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